LA DAMA DE SEDA

NOCHES DE ROSAS Y DE JAZMINES
Tortosa
Marzo 1304




   La silueta del hombre desnudo, erguido frente a la ventana, quedaba ensombrencida por el resplandor azulado de la fría alborada. A sus pies, el Ebro, con sus mugidos de toro bravo, estremecía las tinieblas de la noche agonizante.

   - No puedo dilatar más mi estancia, amor mío; debo partir hacia Valencia.

   "Acabó tu sueño, desgraciada" -pensé aterrada.

   El rugido del río en su huida hacia el mar amortiguaba los latigazos de mi corazón. Bandadas de buitres comenzaban a danzar en corro sobre mi propio espectro.

   - No sé qué daría por quedarme para siempre aquí contigo, pero es imposible.

   Su voz apenas llegaba hasta mí, poema de ausencia, como si la vergüenza de su propia villanía le impidiese atravesar el muro de su dorso. Frente a él la mole oscura de Monte Caro, negra como mi propio miedo.

   - Créeme: mi mayor anhelo sería observar tu cara y tu sonrisa cada mañana al despertar. Amarte. Recorrer tu cuerpo. Poseer el tiempo suficiente para que no quedara entresijo ni cripta oculta en ti que no conociera ni besara.

   "¡Hermosas palabras para arreglar el dasaguisado de su estampida! ¡Cómo si no conociese ya tal romanza!"

   -¿Callas? ¿No respondes nada? -susurró.

   -¿Qué he de decir? Todo está ya decidido. ¿O no es así? -Mi voz temblaba de rabia.

   - No. Aún no está todo decidido.

    "¡Vaya, esto es nuevo!"

   - ¡Vente conmigo, Berenguela!

   - ¿Ir contigo? ¿Cómo? ¿Como amante, concubina, barragana, escribiente?

   - Como la dama Berenguela de Queralt, esposa de Gastón de Pontearga. Berenguela ¿me estás oyendo?, ¡estoy pidiendo tu mano!

   - ¿Mi mano? ¿Ser tu esposa?

   - ¿No lo deseas? Creí que sentías alguna inclinación hacia mí.

   - ¡Oh sí! ¡Claro que te quiero y que deseo ser tu esposa! Pero no es tan fácil. Hay que hablarlo.

   - ¿Qué hay que hablar? ¿Te refieres a la dote y esas menudencias? No me importan tus posesiones ni tu dinero. Te quiero a ti.

   - No me refiero a eso. Como tú dices, son menudencias. ¡Es que no quiero renunciar a la libertad que me he ganado como hombre! La vida de una mujer es una habitación sombría, estrecha, vacía e insulsa. No quiero quedarme sin aire ni luz.

   - ¿Te refieres a tus estudios? ¿Es ése el problema de imposible solución? ¿Sonríes? Berenguer de Queralt podrá proseguir su vida habitual: allá donde vivamos habrá un Call con rabinos y morerías con Sufíes. Es tu inteligencia, Berenguela, la que ha hechizado mi corazón. Cuerpos bellos hay dondequiera que uno viaje, pero no un conjunto tan completo come el que representas. No soportaría ver cómo te vas marchitando poco a poco por una vida oscura entre marmitas, bordados y biberones. Pensándolo bien incluso puede resultar un juego singular y erótico. Cabalgaré por los campos, discutiré en las veredas y tomaré vino en los figones -cuando se tercie- con ese osado mozalbete de Berenguer y sus calzas bermejas, y por la noche retozaré y gozaré entre las sábanas con su voluptuosa hermana, la bella, inteligente y cascarrabias Berenguela, mi esposa, mi amor, mi amante.

   - ¿Y qué ocurrirá si tenemos niños?

   - Con niños o sin ellos, seguirás disfrutando de esa luz del conocimiento que tanto necesitas. ¿Qué me contestas?

   - ¡Que eres el hombre que he esperado toda mi vida, y que espero no defraudarte jamás!

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Soledad Beltrán
La Dama de Seda


   

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